jueves, 21 de junio de 2012

El movimiento #YoSoy132: un nuevo despertar de la juventud mexicana

Pablo Oprinari
Cuando la campaña electoral y los debates anodinos amenazaban con imponer un clima de escaso cuestionamiento a las elecciones presidenciales del 1° de julio, el movimiento #YoSoy132 irrumpió como un vendaval de movilización y creatividad callejera de la juventud. Nadie puede dudar hoy de la importancia de esta movilización, que iniciaron los estudiantes de las escuelas privadas, tomando a todo el establishment político por sorpresa, extendiéndose a las universidades públicas, y poniendo a discusión lo que significa el posible retorno del PRI al gobierno y la manipulación informativa. Es mucho lo que se ha escrito sobre la génesis del mismo y en las páginas de Estrategia Obrera hemos planteado un análisis de coyuntura y propuestas políticas; aquí nos detendremos en problematizar distintas cuestiones en su contexto nacional e internacional.
El #YoSoy132 y el panorama internacional
La emergencia del #YoSoy132 inscribió a la juventud mexicana en la lista de los fenómenos juveniles que recorren la arena internacional desde 2011. Desde la juventud egipcia que fue un actor central en las movilizaciones que derribaron al gobierno de Hosni Mubarak, hasta los jóvenes franceses e ingleses que protagonizaron distintos procesos de movilización y rebelión contra el orden establecido, pasando por los jóvenes indignados que se convirtieron en un nuevo fenómeno de resistencia en el hasta ayer tranquilo escenario político norteamericano. Y como no mencionar a los estudiantes chilenos, que el año pasado enfrentaron al gobierno de Piñera; o a los estudiantes quebequenses, que llevan más de 4 meses de huelga estudiantil. Estos movimientos se dan en un contexto signado por la crisis económica más profunda desde 1929 que se ha transformado en una recesión de grandes proporciones, y por el retroceso de las ideas neoliberales dominantes desde los años setentas. La crisis de la hegemonía ideológica de las ideas rectoras del capitalismo ha tenido un fuerte impacto en sectores de la juventud, que aún en países “modelo” del neoliberalismo –como Chile y la subregión norteamericana– cuestiona el orden existente.
Sin embargo, la emergencia de la juventud no es el único elemento novedoso en el terreno de la lucha de clases: la crisis económica y el derrumbe de la supuesta infalibilidad del capitalismo empujó, en varios países, un despertar del gigante social que es la clase obrera. En el caso de Egipto, por ejemplo, los métodos de lucha de la clase trabajadora –como la huelga– jugaron un rol fundamental en la caída del viejo régimen. De igual forma en Europa, las 18 huelgas generales en Grecia y la participación destacada de los trabajadores franceses en las luchas de los últimos años; así como, más recientemente, la lucha de los mineros del Estado Español, son expresión de que la clase trabajadora da sus primeras y contundentes respuestas ante la crisis. Cabe mencionar como síntoma de este fenómeno que señalamos, que en China –una de las “potencias” económicas del siglo XXI–, las llamadas “huelgas salvajes” del proletariado súper explotado enfrentan por igual a los capitalistas y la burocracia gobernante del Partido Comunista.
Si miramos entonces el contexto internacional, destaca ante nuestros ojos que las respuestas que surgen por parte de los oprimidos y explotados frente a la crisis, en varios casos articulan la acción de sectores de la clase trabajadora con la juventud, que aprovechando las ventajas de las redes sociales, se organizan para luchar y movilizarse. Las demandas de los sectores juveniles, aunque partiendo de reivindicaciones inmediatas y democráticas, eventualmente se transforman en enfrentamientos claramente políticos contra los gobiernos, impactando y despertando la acción de otros sectores obreros y populares como en Egipto o en Canadá.
Entonces, la dinámica de la rebelión juvenil apunta a cuestionar los regímenes responsables de la opresión, la explotación y miseria. En ese marco, la juventud podría catalizar la entrada en escena del movimiento obrero y popular, e incluso –en algunos países donde las condiciones y la experiencia previa están más avanzada– de nuevos escenarios de confrontación directa entre revolución y contrarrevolución. Si esa hipótesis es posible, se requiere prepararse para ello, con una perspectiva política que impulse la coordinación de los distintos sectores en lucha, su articulación con el movimiento obrero y un posicionamiento revolucionario ante el orden capitalista.
En ese sentido, el antecedente que viene a la mente es el de 1968, cuando amplios sectores de la juventud –en América Latina, Asia y Europa-, irrumpieron en la escena política cuestionando radicalmente el orden existente–. El Mayo francés, la Primavera de Praga, el Cordobazo Argentino, así como la huelga universitaria liderada por el CNH en México, fueron ejemplos destacados de esa dinámica.
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Es verdad que hoy las ideas marxistas tienen menos peso que entonces, consecuencia tanto de la ofensiva ideológica que en años pasados proclamó la muerte de la perspectiva de la revolución, como de la falsa identificación entre marxismo y estalinismo. Y no faltan quienes dicen que los movimientos actuales nada tienen que ver con los fenómenos sesenteros, enfatizando en particular la ausencia del horizonte de la revolución.
Ante estas argumentaciones, no basta con recordar que el espectro de la revolución se hace presente –y muestra que es un fantasma que goza de buena salud– en las movilizaciones de Plaza Tahir o en los paros generales griegos. Tampoco es suficiente afirmar que el anhelo de cambio social de los jóvenes egipcios que enfrentaron y murieron bajo las balas y tanques de la dictadura de Mubarak, o la decisión de luchar de los jóvenes franceses y chilenos que pelean por sus derechos, son el nutriente fundamental de una estrategia revolucionaria.
Junto a eso, deberíamos discutir que la lucha que llevan adelante distintos movimientos juveniles y que en muchos casos es efectivamente democrática, requiere –para lograr victorias duraderas– asumir como su perspectiva el enfrentamiento con el régimen de la clase dominante y su transformación radical. Recordemos por ejemplo las jornadas revolucionarias de estudiantes, jóvenes y trabajadores en Egipto. El heroísmo y la lucha sostenida lograron la caída de Hosni Mubarak, pero no alcanzaron para evitar que se preserven las instituciones repudiadas en las mismas jornadas. Preparar los futuros triunfos necesita de una perspectiva que a partir del desarrollo y profundización de las aspiraciones democráticas, tenga como norte estratégico preparar las condiciones para la toma del poder político por la vía revolucionaria. Para eso es fundamental la alianza de la juventud y los explotados y oprimidos, y la actividad de la clase obrera, que puede, si se lo propone, no sólo atacar y paralizar con sus métodos de lucha los resortes fundamentales del capitalismo, sino también postular, sobre la ruina de las viejas instituciones, la construcción de un estado de nuevo tipo, basado en la expropiación de las transnacionales, los capitalistas y terratenientes.
En síntesis, asistimos a una nueva oleada de luchas juveniles que recorren el mundo y que se enlazan, en los hechos, con otras movilizaciones obreras y populares en un contexto de crisis capitalistas, y en lo cual el #YoSoy132 se inscribe, como se ve en las enormes muestras de simpatía internacional recibidas. Y el reclamo que las recorre no sólo puede acicatear que la simpatía popular se transforme en rabia incontenible en las calles, sino que sólo puede ser correspondido mediante un ataque demoledor a las instituciones y el poder de los capitalistas.
El #YoSoy132 y la democratización de las instituciones
Como decíamos arriba, el #YoSoy132 puso a discusión cuestiones claves que expresan la antidemocracia, la represión y el verdadero carácter de la “transición democrática”, que preservó al PRI como una de sus cartas fundamentales ante el desgaste del panismo. En su emergencia, mostró el descontento existente, no sólo entre los trabajadores y los sectores populares, sino en la clase media y la juventud universitaria, tanto de escuelas públicas como privadas. Y enseñó también la desilusión con una reforma democrática que, aunque permitió la alternancia y el acceso del PAN al gobierno, no resolvió las expectativas de amplios sectores de la población. La adhesión de sectores de la juventud al #YoSoy132 parece expresar el hartazgo –aunque no se vea en sus reivindicaciones inmediatas– con un capitalismo sacudido no sólo por la crisis económica internacional sino también por la descomposición estatal acelerada por el empantanamiento de la “narcoguerra”. En síntesis, una multiplicidad de contradicciones políticas y sociales que eclosionan, en plena coyuntura electoral, a través de la acción juvenil. Queda por verse si el movimiento está preanunciando acciones de otros sectores de la población, en particular de los trabajadores, que han realizado duros procesos de resistencia, como es el caso de los electricistas y el magisterio democrático. Habrá que esperar y ver.
Por lo pronto, al interior del #YoSoy132 se viene debatiendo en torno a la estrategia política que el mismo debería darse. A pesar que en la masiva asamblea del 30/5 se introdujo el disenso en torno al “voto útil”, la cercanía de las elecciones hizo que cobre fuerza la idea de que el movimiento debía limitarse a sus demandas iniciales, a un plan de acción orientado a cuidar el proceso electoral y promover el “voto informado”, y a definir más claramente su postura frente al proceso electoral. Aunque varios militantes o simpatizantes de la candidatura de AMLO, Mancera y otros candidatos del Movimiento Progresista (como los integrantes del Morena, el PRT, el Militante o el GDR), han declarado que respetan la independencia del movimiento, se hizo evidente en distintas instancias la presión para que el #YoSoy132 se pronuncie por el “voto útil” y la condena al voto nulo o la abstención, lo que constituiría un apoyo implícito a la candidatura del tabasqueño. Esto muestra que hay un debate que debería expresarse mucho más abiertamente, sin satanizar a quienes no avalan el voto por AMLO o a quienes proponen ampliar el horizonte de #YoSoy132. Apuntando a ello es que planteamos algunas consideraciones.
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Aunque es verdad que cala hondo la idea de que es posible reformar las instituciones, lo que debemos discutir es si éste es el único horizonte factible y, aún más, si es el más realista. Lo que deberíamos discutir es si es posible una real democratización de los medios de comunicación sin cuestionar profundamente la propiedad de los mismos por parte de un puñado de capitalistas, expropiar al duopolio Televisa-TV Azteca y ponerlos bajo el control de los trabajadores, garantizando que cualquier grupo de trabajadores o estudiantes tengan el derecho a hacer uso de la prensa, los medios televisivos y electrónicos, accediendo a concesiones subsidiadas por el estado. Deberíamos considerar si hay posibilidad de acabar con la militarización del país y con la represión que se expresó en Atenco, sin disolver las fuerzas represivas, el principal pilar del estado capitalista; pensamos que no, salvo que por “frenar la guerra” se entienda maquillar un poco la policía y hacerla más “democrática”, con lo cual seguirá cumpliendo el mismo rol represor, sólo que con mayor cuidado de no “regarla” ante la opinión pública. Hay que debatir si es posible lograr estas y otras demandas confiando en la reforma y “democratización” de las instituciones, cuando éstas son garantes de la opresión, la explotación y la injerencia imperialista en el país. O si, como sostienen los compañeros y compañeras de la Agrupación Estudiantil Contracorriente, lo planteado es –mientras se interviene en los escenarios políticos planteados como es movilizándonos contra cualquier fraude o imposición–, asumir una perspectiva estratégica que enfrente al régimen político y considere que sólo atacándolo de raíz, sin confiar en los discursos edulcorados de que hay que “democratizarlo”, y terminando con esta “democracia para ricos”, es que puede imponerse de forma íntegra y efectiva las demandas de la juventud, los trabajadores y el pueblo.
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Esto implica discutir cual es el lugar del proceso electoral. Nosotros defendemos a rajatablas el derecho al voto y el respeto a la voluntad popular –como hicimos muchos socialistas ante el fraude en el 2006– porque defendemos todos los derechos democráticos avasallados por los de arriba, pero diferimos con la idea de que los mecanismos electorales son la vía para obtener las reivindicaciones más profundas de la juventud. Y esta es la idea dominante en las reuniones y declaraciones efectuadas por el movimiento, como se expresa en un plan de acción que hace eje en los debates electorales y en la vigilancia electoral, por ejemplo. Pero el punto es que, así como las instituciones son las responsables de las medidas antidemocráticas y represivas (reformas al Código Penal, militarización del país, etcétera), las elecciones son utilizadas por la clase dominante para legitimar la idea de que sólo se puede luchar en los marcos institucionales. Esto es algo que el #YoSoy132 debería reconsiderar, ya que la movilización en las calles es la clave para luchar por nuestras demandas. Para eso, como se ha planteado en diversas asambleas, es importante dotarse de un “agenda” propia de movilización y de un pliego petitorio para impulsar un plan de acción, acercándose y confluyendo con los sectores obreros y populares. Una instancia para unificarnos y acordar un pliego común con estos sectores puede ser un Encuentro Nacional con delegados del movimiento y de los sindicatos y organizaciones populares.
El movimiento del ’68, la huelga de la UNAM del ’99 y el #YoSoy132
El movimiento estudiantil mexicano tiene una rica historia, de la que el #YoSoy132 se declara correctamente como heredero, y una larga tradición de funcionamiento democrático, que permitió una gran combatividad y la independencia política.
En 1968, el Consejo Nacional de Huelga, integrado por delegados revocables, fue el canal a través del cual se expresó la emergencia de una juventud combativa que abrazó ideas de revolución. La aspiración de cambio democrático, contra un priato opresivo y responsable de masacres campesinas y de represiones al movimiento obrero, llevó al surgimiento de un movimiento de lucha que, con el correr de los días y semanas, a través de la actividad y el brigadeo incansable de los jóvenes de la UNAM, IPN y tantas otras universidades, generó una enorme simpatía entre sectores obreros y populares. El movimiento del ‘68 se “armó” con un pliego petitorio fundamentalmente democrático que, en el contexto de la opresión existente, actuó como un verdadero acicate para una lucha que fue también política. En eso fue fundamental el contar con un organismo democrático con el Consejo Nacional de Huelga que respondía al mandato de la base.
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El movimiento del ‘99 surgió en condiciones distintas al ‘68 y a la actualidad, pero tiene puntos en común así como lecciones por retomar, que van más allá tanto de la reivindicación épica como de la satanización irresponsable. No se encontró a su frente a un régimen tan fuerte y cimentado como el del ‘68, sino con una “transición a la democracia” acordada por los tres partidos principales del Congreso, pero en la cual las transformaciones democráticas eran claramente retaceadas. Esto había despertado movilizaciones multitudinarias de protesta en 1988 y en 1994, expresión del hartazgo con la opresión y la antidemocracia que en las siete décadas previas sometieron al pueblo trabajador, y en particular a sus sectores más desposeídos y oprimidos, como los pueblos originarios. Los estudiantes de 1999 enfrentaron el intento autoritario del entonces rector Barnes por imponer un Reglamento General de Pagos que suponía el fin del carácter gratuito de la UNAM; la dinámica del movimiento y el Pliego petitorio que se dieron mostró que el Consejo General de Huelga (CGH) cuestionaba el conjunto del plan elitizador del PRI contra la educación pública, y se planteaba una lucha por la gratuidad de la educación y la democratización de la UNAM. La duración de la huelga fue claramente el resultado de la cerrazón de las autoridades; llama la atención que muchos que atacaron al CGH por su “huelga eterna”, olvidaron mencionar que durante casi ocho meses la rectoría ni siquiera reconoció al CGH como interlocutor, que durante los casi diez meses que duró la huelga tanto Barnes como De La Fuente organizaron grupos de choque, generaron artificialmente enfrentamientos entre paristas y no paristas, organizaron plebiscitos donde votaba el personal de confianza de la rectoría, y, lo más importante, no resolvieron ni siquiera un punto del pliego petitorio. Todo esto mientras el gobierno priista perseguía y encarcelaba a estudiantes, y la administración capitalina a cargo del PRD era responsable también de la represión al movimiento en varias movilizaciones. Pretender que el CGH debía levantar la huelga y aceptar sin más el avasallamiento de la gratuidad de la educación, es como pedirle al #YoSoy132 que acepte de brazos cruzados la imposición de Enrique Peña Nieto o que no proteste contra la cobertura tendenciosa del duopolio televisivo. Ante la intransigencia de la rectoría, la persistencia de la lucha del CGH es la causa de que hoy en la UNAM no haya cuotas de miles de pesos, a pesar de que las rectorías sucesivas de De La Fuente y de Narro impulsaron cobros y medidas de elitización. El CGH enfrentó también los intentos, por parte de las corrientes vinculadas al PRD, de imponer propuestas de salida al conflicto que conllevaban –como lo evalúo correctamente en ese momento el organismo estudiantil– el levantamiento de la huelga sin garantías de la resolución del pliego petitorio. Las propuestas formuladas por eméritos, rectoría y también por distintos grupos al interior del CGH (como los que fueron denominados como “moderados”) tenían matices entre sí pero como punto en común que se levantaría la huelga a cambio de la suspensión temporal del RGP (o su transformación en cuotas “voluntarias”) y de pasarse la resolución de todo el pliego a un eventual Congreso convocado después del fin de la huelga. El CGH –aprendiendo de la experiencia de la lucha de 1987 donde la rectoría incumplió los acuerdos firmados con el CEU, como de la actitud traicionera del PRI expresado en el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés– rechazó estas propuestas y discutió qué, desde el punto de vista de los estudiantes, podía o no “flexibilizarse”. La historia de un CGH intolerante hasta la histeria debería revisarse por falaz; lo que hubo en el ‘99 fue –fundamentalmente– una confrontación política entre dos perspectivas. De una parte, bajo la definición de “moderados”, la encabezada por las corrientes políticas vinculadas al PRD que querían forzar el levantamiento de la huelga sin resolver las demandas de la misma y evitar que la misma se radicalizara. Por otro lado, lo que la prensa (des) calificó como “ultra” y que expresaba fundamentalmente el activismo que sostenía la huelga, que apuntaba a luchar por la resolución integra del pliego petitorio contra la cerrazón de las autoridades, como parte de una lucha por la democratización de la universidad. Esto estaba encarnado por una nueva generación estudiantil –en la cual participaban también muchos colectivos y organizaciones políticas juveniles de izquierda– en cuyo seno había muy diversas posiciones que daban lugar a diferencias y discusiones acaloradas durante los largos meses de la huelga, pero que tenía en común el convencimiento de que podían lograrse las demandas del movimiento. Bajo esta perspectiva descalificada como “ultra”, el movimiento se convirtió en la principal oposición del priato en su último año, y por momentos tendió a confluir con el descontento obrero y popular.
En ese contexto, el suponer la acción “maquiavélica” y hasta “diabólica” de corrientes “ultras” que habrían instigado y “dividido” al movimiento no responde a la realidad. El accionar de los grupos vinculados con el PRD (algunos de los cuales tenían una larga historia de actuación en la universidad, desde la lucha del ‘87), al intentar forzar la aceptación de sus propuestas cuando las mismas eran minoría, llegando incluso a anunciar la entrega de instalaciones sin el acuerdo del CGH, provocó la oposición y el repudio por parte de la mayoría del movimiento. Al calor de la dura discusión interna, el organismo estudiantil fue asumiendo lo que en los hechos era la independencia política y explícita del PRD, en lo cual no fue ajena la experiencia de las represiones a manos del GDF. La tesis de que fueron estas definiciones políticas del CGH y la discusión interna las que provocaron el debilitamiento y la “derrota”, no tienen sustento serio. Varios meses después de lo que la prensa llamó la “pugna entre ultras y moderados”, el CGH logró la caída de Barnes y la rectoría tuvo que reconocerlo como interlocutor.
A partir de eso, el nuevo rector, De La Fuente, comenzó a preparar el terreno para la represión. Cabe mencionar, contra los comentarios irresponsables de que la “ultra” es responsable de la represión, que ésta fue mandatada por el estado, y que flaco favor le hizo a la lucha por la educación gratuita que la gran mayoría de intelectuales, académicos y medios de comunicación progresistas apoyasen el plebiscito de De La Fuente e instigaran al CGH a dejar de lado la “intransigencia”. Cuestión que fue reconocida en los hechos por los intelectuales que, después del 6 de febrero, se arrepintieron públicamente de ello. La represión fue preparada por el Gobierno Federal y el rector para quebrar la lucha estudiantil, y que para eso forjaron una base social y una “opinión pública”.
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Nadie podría negar que en el curso de la lucha del CGH se cometieron errores y a trece años de distancia todavía son sujeto de controversias muchos hechos que ocurrieron durante los casi diez meses de huelga; podríamos profundizar en torno a si fueron correctas (o no) las propuestas que los distintos colectivos y agrupaciones que participaban del movimiento formularon; como en ese momento fue evidente, había diferencias de estrategias políticas para el movimiento estudiantil, que cualquier historiador del mismo puede ver reflejado en los volantes y periódicos de entonces. Sin embargo, lo que ahora pretendíamos aportar es una visión esquemática y rápida sobre el movimiento del ´99, teniendo en cuenta que en los debates sobre el #YoSoy132 se plantean valoraciones en torno a la huelga de fin de siglo (como se la llamó). Y, si como dice el manifiesto de las “islas”, el #YoSoy132 es heredero de las luchas previas, hay que saber retomar los aciertos de las mismas, y la lucha en defensa de la gratuidad que dio el CGH es una de ellas. En ese sentido, desde nuestro punto de vista, si la misma pudo frenar las cuotas en la UNAM, es porque tuvo una organización democrática, con delegados revocables, rotativos y con mandato. Su funcionamiento es, en ese sentido, distinto al que está adoptando en el #YoSoy132. Sus asambleas eran abiertas, y podía hacer uso de la palabra cualquier organización solidaria, e incluso realizar sus propuestas políticas, en tanto que sólo los delegados estaban facultados para votar; se tomaron medidas para garantizar la rotatividad no sólo de los delegados, sino también de la mesa y de las delegaciones del CGH a las instancia de dialogo con las autoridades. Otro elemento distinto es que mientras la Asamblea General Universitaria ha realizado algunas votaciones sin una discusión previa de las asambleas locales, los delegados al CGH, en las decisiones importantes, debían atenerse al mandato de su asamblea. En ocasiones esto implicaba retornar las decisiones a las asambleas de base, para que se volviese a discutir. Hay argumentos que sostienen que esto no es “operativo” para el #YoSoy132 pero la realidad es que es la única forma de garantizar el carácter democrático de las decisiones que se adopten. Es verdad que en el #YoSoy132 las asambleas locales pueden echar atrás un acuerdo de la AGU, pero debería ser al revés: que los acuerdos respondan al mandato de la base, y no a la inversa. Funcionar sobre la idea de que las asambleas locales deben ratificar o no las decisiones de la AGU, puede transformar el método asambleario en una cuestión consultiva. Por otra parte, hay compañeros/as que mencionan que con las redes sociales todo se agiliza y eso hace superfluo el énfasis en la democratización del movimiento. Entendemos que consideran qué, con las redes sociales, hay una democratización de la información; pero eso –que efectivamente existe– no reemplaza, sino que más bien debería complementarlo, el carácter resolutivo de una asamblea de base, donde los asistentes votan a mano alzada qué curso quieren darle al movimiento. Por otra parte, como han planteado estudiantes, asambleas y colectivos participantes del movimiento, el funcionamiento del #YoSoy132 ha evidenciado la existencia de prácticas poco democráticas respecto a la toma de decisiones y a la definición de posicionamientos políticos, que es necesario corregir; aunado a esto, debe combatirse todo intento de satanizar y perseguir a quienes sostienen una posición distinta, ya que el derecho a disentir y a criticar es inseparable de un funcionamiento realmente democrático.
Si uno de los aciertos de la declaración del #YoSoy132 es considerar que no surge por “generación espontánea”, que tiene antecedentes y una herencia, sería muy equivocado caer en la descalificación fácil de la experiencia del ´99, y no considerar en toda su dimensión las experiencias de las luchas estudiantiles previas, aprehendiendo su experiencia y las lecciones que de las mismas podamos extraer.
Acerca de la independencia del #YoSoy132
La juventud que nutrió este movimiento desde sus inicios, tiene por delante importantes desafíos. Uno de ellos, sin duda, es lograr que la simpatía se exprese en asambleas masivas, como la que vimos al inicio del #YoSoy132 en muchas escuelas y en Ciudad Universitaria. Decimos esto porque las asambleas se han reducido, pero es algo contra lo que hay que batallar, teniendo múltiples iniciativas. Para lograr una ampliación, masificación y lo que es muy importante, establecer alianzas y una unidad de acción con otros sectores, sería importante, por ejemplo, que el movimiento retome las demandas de los estudiantes rechazados (como los agrupados en el MAES), que establezca una coordinación y se declare solidario con los trabajadores del magisterio, los ejidatarios de Atenco, y las organizaciones que luchan contra la militarización y por la libertad de los presos políticos. El Encuentro Nacional Estudiantil que se está preparando podría incorporar activamente a estas organizaciones, y discutir conjuntamente como avanzar en un pliego común que unifique las reivindicaciones centrales de cada sector. La unidad con los trabajadores es fundamental, no sólo porque los mismos sufran duras condiciones de explotación y miseria, sino porque son los que con su acción pueden paralizar la economía capitalista y ponerse al frente de una lucha contra la antidemocracia, la opresión y la miseria de este régimen político. Pero para eso hay que comenzar tendiendo la mano a los trabajadores, y soldando una unidad combativa con los sectores en lucha. Es fundamental que el #YoSoy132 amplíe su perspectiva política y apunte a confluir con el movimiento obrero y los sectores populares, retomando el ejemplo de los previos movimientos estudiantiles y juveniles de México y de la “primavera árabe” del 2011.
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Otra cuestión refiere a la independencia del movimiento. Ya decíamos arriba que hay discusiones muy importantes sobre el carácter de las instituciones, si es posible o no reformarlas, y sobre el lugar del voto. Hay compañeros y organizaciones que plantean que hay que mantener la independencia organizativa del #YoSoy132 respecto a los partidos, pero al mismo tiempo proponen que el movimiento se pronuncie por el “voto útil” o por el voto a la candidatura de AMLO. Si bien respetamos la decisión individual sobre el voto, consideramos que la postura que citamos convertiría al #YoSoy132 en un movimiento que aunque formalmente autónomo, estaría políticamente subordinado al PRD y AMLO.
Frente a esto, muchos compañeros/as han insistido en la importancia de que el movimiento se mantenga como “apartidista” para garantizar su  carácter incluyente, y de igual forma evitar que se pronuncie solamente por el “voto informado”, ya que deja fuera, cuando menos, a los jóvenes que se abstendrán de votar. Es correcto y saludamos este reclamo democrático elemental, que formulan incluso muchos compañeros del #YoSoy132 que son votantes declarados de AMLO. Sin embargo, queremos ir más allá. Para nosotros la independencia del movimiento no es solo una cuestión de inclusión democrática. Consideramos que ninguna demanda importante, seria y profunda de la juventud será resuelta por los candidatos y partidos que participan de la pugna electoral. No nos parece que se pueda lograr un “cambio verdadero” sin atacar a fondo a las instituciones políticas y al poder económico, esto es, a los capitalistas y las transnacionales. Por ejemplo garantizar una educación pública y gratuita de calidad, requiere cuestionar los planes del Banco Mundial y el FMI para la educación, y obtener los recursos por ejemplo mediante el no pago de la deuda externa y los impuestos progresivos a los grandes capitalistas. La democratización de los medios, como dijimos antes, requiere atacar a las grandes empresas de las comunicaciones y no es suficiente con nacionalizarlos, sino que hay que ponerlos a funcionar bajo control de sus trabajadores. Otorgar oportunidades reales a la juventud requiere garantizar tanto educación como empleo, y esto último no se puede hacer sin tomar medidas radicales tales como el reparto de las horas de trabajo con un salario que sea igual a la canasta básica y que aumente de acuerdo a la inflación, entre otras medidas elementales. Sabemos que está en las antípodas de lo que Vázquez Mota, Peña Nieto o Quadri impulsarían, pero un gobierno de AMLO tampoco las llevará adelante. Ante eso, como socialistas convencidos de un programa y una perspectiva que ataque a los capitalistas y defienda los intereses de la clase obrera y la juventud combativa, nos parece fundamental la independencia política respecto a todos los candidatos, y opinamos que, en las urnas, hay que mantener la congruencia y votar nulo. Pensamos que una transformación real de la sociedad no vendrá de la mano de alguno de los partidos que participan de la contienda electoral, sino de la alianza con los trabajadores y el pueblo pobre de México. Se trata de que el movimiento #YoSoy132 se mantenga independiente, pero también de que vea en la clase trabajadora un aliado fundamental para esta lucha. Adoptar una posición diferenciada de los candidatos en disputa, es un paso adelante para avanzar en esa perspectiva.
Más allá de los vaivenes, discusiones y debates que se generan en el #YoSoy132 y entre las organizaciones, activistas y colectivos que adscriben o apoyan al mismo, más allá de aportar con todas nuestras fuerzas al triunfo de las reivindicaciones de los jóvenes que se movilizan en las calles, es importante también tener una visión estratégica de lo que está poniéndose en juego. Es la posibilidad de que el movimiento actual sea un síntoma tanto de nuevas luchas obreras y populares, como de la emergencia, en los próximos años, de una nueva generación que abrace una perspectiva revolucionaria y socialista. Esto puede parecer lejano, más aun considerando que la primavera mexicana es muy distinta a la primavera árabe o a la primavera del maple. Pero no deberíamos olvidar que la historia ofrece muchos ejemplos en los que luchas estudiantiles dieron pie a largos años de insurgencia obrera y popular y a la aparición de una nueva generación juvenil, sin ir más lejos, fue el caso del ‘68, aun y a pesar de la sangrienta represión de Tlatelolco. Para eso hay que prepararse: a la vez que aportamos de forma unitaria al triunfo de las reivindicaciones del #YoSoy132, asumimos una visión de futuro, esto es, contribuyendo a formar una organización revolucionaria orgánicamente vinculada a la clase trabajadora y la juventud combativa.

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